Salario mínimo: Menos fórmulas, más verdad

Nota editorial:
Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no comprometen ni reflejan necesariamente la posición editorial de Quindío24Horas.

Por: Luis Fernando Jaramillo Arias

En política abundan los sonidos huecos. Ya lo sabían los griegos: Los sofistas eran maestros de la retórica que vendían persuasión por encima de la verdad; con su habilidad podían “hacer fuerte el argumento débil”, como reprochaba Platón al referirse a Protágoras y Gorgias. Hoy, ese arte del sofisma sobrevive en discursos que prometen protección total… y terminan fabricando informalidad.

Partamos de los datos. En Colombia, la informalidad urbana ronda el 42–44% y en lo rural supera el 80%, según el DANE; es decir, casi la mitad de los ocupados en ciudades y la gran mayoría en el campo trabajan sin las “protecciones” que encarecemos cada año en el papel. A la vez, el país cambió por dentro: El hogar promedio pasó de más de 4 personas en los 90 a 2,90 en 2023 y 2,86 en 2024; ya el salario mínimo no representa “el ingreso de una familia”, sino el de una persona en hogares más pequeños y diversos. También cambió la presencia femenina: La participación laboral de las mujeres se ubicaba en 51,7% en 2024; más mujeres trabajan fuera del hogar, pero con brechas y alta informalidad.

Frente a este país real, el salario mínimo se volvió un tótem al que se le amarran multas, trámites, copagos, licencias y un rosario de cobros. Aun con esfuerzos recientes de “desindexación”, el rezago regulatorio mantiene amarradas muchas tarifas y sanciones al SMMLV, con efectos de carrusel sobre inflación, déficit fiscal y nueva propuesta de reforma tributaria.

Defiendo tres tesis sencillas:

  1. Simplificar. El mínimo debe tener una fórmula clara (inflación pasada + productividad medida), sin añadiduras creativas ni pactos de ocasión. El secreto no es la cifra, es la productividad. Si un trabajo no agrega valor, no se hace; si agrega, se paga. Un empresario recto no teme al número, teme a la improductividad.
  2. Transparencia total del costo. Hoy el mínimo “nominal” se infla con cargas, parafiscales y beneficios que lo convierten en la sensación de un sobrecosto para el empleador y en menos de lo esperado para el trabajador. Esa opacidad alimenta la huida a la informalidad.
  3. Pago por horas con doble comprobante. Que cada hora facture el costo completo (remuneración + todas las cargas), y que el giro ocurra en dos partes obligatorias y simultáneas: (a) Aporte a seguridad social; (b) Neto del trabajador. Sin el comprobante de aportes, no hay salario válido. Se vuelve medible la productividad, se corta el incentivo a “ahorrar” evadiendo, y el trabajador deja de ser tratado como menor de edad al que hay que ocultarle su propio costo.

Este ajuste no precariza; ordena. Ataca los costos ocultos, la maraña de indexaciones y el sofisma de proteger tanto que expulsamos del amparo a la mitad del país. Con menos humo y más datos, construyamos un mínimo que sea, por fin, mínimo en fórmulas y máximo en verdad.

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