Nota editorial:
Las opiniones expresadas en esta columna no comprometen ni reflejan necesariamente la posición editorial de Quindío24Horas.
La reciente decisión de Sandra Paola Hurtado Palacio de apartarse de Cambio Radical y anunciar un nuevo alineamiento político vuelve a poner sobre la mesa una constante de su trayectoria pública: la reiterada construcción de rupturas externas sin una revisión profunda de las responsabilidades propias.
Hurtado no es una dirigente ajena al poder ni una figura marginal del escenario político regional. Fue gobernadora del Quindío entre 2012 y 2015, tras una carrera impulsada por las dinámicas tradicionales de la política departamental. Desde ese lugar ejerció un liderazgo de alto perfil, con una narrativa fuerte de autoridad y control, que dejó tanto obras visibles como tensiones institucionales que aún resuenan.
El punto de quiebre de su carrera no fue ideológico sino institucional. En 2018, la Procuraduría General de la Nación la destituyó e inhabilitó por 12 años tras encontrar irregularidades en procesos contractuales durante su administración. A ello se sumaron investigaciones penales que deterioraron su credibilidad pública y limitaron su margen de acción política. Estos antecedentes no pueden ser borrados con comunicados ni reinterpretados como simples diferencias partidistas.
En su más reciente pronunciamiento, Hurtado apela a un discurso de coherencia y convicción personal para explicar su salida del partido. Sin embargo, el relato evita deliberadamente una pregunta esencial: ¿qué parte de la crisis de confianza que rodea su figura le corresponde asumir a ella misma? La política no se reduce a denunciar decisiones ajenas; también implica responder por las propias cuando estas tienen consecuencias institucionales y sociales.
Su tránsito por distintas plataformas políticas refleja una dificultad persistente para sostener proyectos colectivos a largo plazo. No se trata de cuestionar la legitimidad de cambiar de partido —un derecho plenamente válido en democracia—, sino de señalar que los cambios reiterados, cuando no van acompañados de una autocrítica seria, terminan erosionando la credibilidad del mensaje que se pretende transmitir.
El debate de fondo no es la colectividad que hoy la respalda ni la que deja atrás. El problema es la insistencia en construir un relato donde los errores siempre están afuera y la responsabilidad nunca es propia. En un departamento que ha pagado un alto costo por la improvisación política, ese tipo de narrativa resulta insuficiente.
El Quindío necesita liderazgos capaces de reconocer sus luces y, sobre todo, sus sombras. Porque la coherencia no se demuestra señalando inconsistencias ajenas, sino enfrentando con honestidad el propio pasado. Y ese sigue siendo el capítulo pendiente en la historia política de Sandra Paola Hurtado.



