Por Luis Fernando Jaramillo Arias
Veo con preocupación que, en sectores llamados a defender ideas comunes, se esté abriendo paso una peligrosa costumbre: disparar hacia el propio campo. Las campañas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, con legítimas aspiraciones y seguidores entusiastas, no deberían caer en el error de confundir al competidor cercano con el adversario verdadero.
La política permite diferencias de tono, de énfasis y de estrategia. Eso es natural y hasta conveniente. Lo que no resulta sensato es convertir esas diferencias en insultos, descalificaciones o pequeñas guerras de vanidades. El país no está para que quienes creen en la libertad, en la democracia, en la empresa privada y en la creación de valor se dediquen a erosionarse mutuamente.
La campaña contraria, en el fondo, no es la del vecino que comparte principios esenciales. La verdadera amenaza está en quienes sueñan con imponer un régimen estatista, desconfiado del sector privado, amigo de nivelar por lo bajo y convencido de que la riqueza se reparte antes de haber sido creada. Ya el siglo XX mostró, con suficiente dolor, el fracaso de esos ensayos colectivistas que prometieron paraísos y terminaron repartiendo pobreza, silencio y miedo.
Es comprensible que muchos ciudadanos voten movidos por la emoción. Nuestro pueblo ha sufrido demasiado: promesas incumplidas, frustraciones acumuladas, mafias disfrazadas de redentoras y dirigentes que hablan del pueblo solo mientras les sirve. Precisamente por eso se requiere una dirigencia serena, pedagógica y generosa, capaz de convocar sin humillar y de competir sin destruir puentes.
El gobierno que termina parece creer que apropiarse del ahorro ajeno, gastar sin juicio e imprimir dinero son formas de crear riqueza. Pero el dinero basura no produce prosperidad: produce inflación, deterioro y dependencia. Donde se castiga al que trabaja, ahorra e invierte, no florece la justicia; florece la pobreza.
Tiene que primar la sensatez. Los amigos de las libertades deben entender que el dilema es serio. O construyen una mayoría amplia, respetuosa y firme, o nos condenan a muchos años de soledad, mirando de cerca los espejos tristes de Venezuela y Cuba.
La invitación es sencilla: menos fuego amigo y más amor inteligente por Colombia.



